Viaje solidario a Nepal. Parte I.

Ocho meses después de volver de Katmandú, creo que ya es hora de que os cuente cómo fue aquel viaje, aunque son tantas las experiencias vividas y tanto lo que contar, que lo he dividido en varios “post”.

Tenía ganas de hacer un viaje solidario a Nepal, donde ya había estado hace años de turismo, y que, por el momento, no quería un viaje de ayuda médica. Rebuscando en redes, encontré un proyecto sobre una casa de acogida de niñas en Katmandú, y me apunté. Me aceptaron en poco tiempo, y en un par de meses ya estaba cogiendo el avión.

Ese par de meses los empleé en indagar en la cultura y tradiciones nepalíes, su gastronomía, educación, sistema educativo, … Y en vacunarme: hay que viajar y ayudar con seguridad. La gente que me rodea comenzó a darme bolígrafos, libros, pinturas de colores, globos, chuches, ropa,… para esas niñas. Lo cierto es que cuando estás aquí, sentada en tu ordenador, no eres consciente de las necesidades reales que allí tienen. Así que intentas llevar cosas que les hagan sonreír.

Sabía que lo más cómodo que iba a tener en 17 días de aventura era el vuelo de avión con Qatar Airways así que llené la maleta con 25 kg de regalos y todas mis cosas en la maleta de cabina. La ilusión, como saben, no cabe en maletas.

Tras cenar con mis padres en el aeropuerto de Barajas y desayunar en Doha, llegué a Katmandú, donde tras completar visado y sellar pasaporte, me esperaba la cálida Sabina, la directora del proyecto. Toda comunicación allí es en inglés, y el viaje a la casa estuvo cargado de nervios y de una conversación de “tanteo” con Sabina; quería saber mucho del proyecto, de las niñas, de cómo es la vida allí… Muchas preguntas para el primer día.

La bienvenida fue muy escasa… ¡las niñas estaban en el colegio! Me recibió Anita, la cuidadora de las niñas. Imaginaba alguien mayor…¡pero es jovencísima! Sólo 24 años, dos niños pequeños que viven allí, cuidadora de 14 niñas y una sabiduría y capacidad de esfuerzo increíble… las mujeres nepalíes trabajan duro desde muy pequeñas. Son auténticas supervivientes, aunque eso lo descubriría con los días.

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Sabina, de azul, y Anita, de verde.

Enseguida me enseñaron la casa, mi cuarto y mis tareas. Yo tenía un baño y habitación propia, pero las niñas comparten 3 habitaciones y 2 baños. Una pequeña cocina y un cuarto de estar completan la casa. El barrio es muy tranquilo, y no está lejos de la famosa Stupa de Boudanath, que conocía de mi viaje anterior y que fue mi parada diaria obligatoria. Sabina me enseñó el camino a la Stupa de Boudanath, donde iría a diario a por una pequeña ración de café y wifi, y allí me explicó el modo de vida que tienen las niñas y que viviría esos días. Llevarlas pronto al colegio, dedicar 2-3 horas a las tareas de la casa, tiempo libre hasta la comida y ayudar con los deberes a las niñas.

La llegada de las niñas del colegio fue todo un acontecimiento para mí. Están acostumbradas a que cada poco tiempo tienen una voluntaria nueva, y como chicas listas que son, querían sus regalos… con las pequeñas es más fácil conectar, con unas pinturas, pulseras y chuches ya las tienes ganadas, pero con las mayores es distinto; son conscientes de lo efímero de nuestra presencia y nuestros “regalos” no suponen un cambio en su vida.

Tras el reparto de regalos y aprenderme algunos nombres, llegó el momento de ayudar en los deberes de las más pequeñas mientras Anita se encargaba de la cena. Las mayores estudiaban en su habitación, y sinceramente, resultaba imposible ayudarlas en matemáticas o química, ya que su nivel es altísimo.

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Para la cena había que hacer un par de turnos, ya que el espacio de la cocina es limitado. Primero cenaban las niñas y Anita al final cuando todas se han ido y han recogido… pero a mí no me gustaba que comiera y cenara sola, así que los siguientes días cenábamos ya juntas. Hay que decir que aunque yo no hablaba nepalí, y Anita no hablaba inglés, nos entendíamos en lo básico por gestos… hay cosas que, como os explicaré después, son universales.

Y tras dormir envuelta en repelente de mosquitos, empezaba mi primer día en Nepal a las 5.30… Nos traían la leche fresca del establo de enfrente y había que hervirla. Me recordaba cuando era pequeña e iba al pueblo de mis abuelos en verano. Era un pequeño pueblo del norte palentino donde comprábamos la leche al establo de enfrente (y que servía a la marca Pascual) y la traíamos en una lechera para que mi abuela la hirviese. Siento decirlo, pero me sigue sin gustar, aunque sabe mucho mejor y es más natural. Mientras preparamos el desayuno, las niñas se levantan a estudiar ¡incluso las más pequeñas que sólo tienen que aprender los números! Y después a desayunar un pequeño vaso de leche con un puñado de cereales o alguna galleta. Y durante sus aseos, preparación de uniformes y mochilas y recoger los cuartos, Anita y yo preparábamos el almuerzo que deben llevar al colegio, y que yo comería después.

Y corriendo al colegio. Allí las niñas no se quejan por madrugar y cargar con mochilas pesadas. Saben que son unas privilegiadas por poder estudiar y se esfuerzan al máximo. Todas las mañanas llevaba a las pequeñas al cole, por la calle principal del barrio. Ellas tan contentas y yo algo tímida los primeros días… todos los tenderos me miraban, ya que con esta piel pálida que tengo y la ropa occidental, llamaba mucho la atención…

Tras realizar mis tareas domésticas (limpieza de baños, cuartos, cocina y suelos), tenía unas horas libres hasta la comida. A diario caminaba unos 20 minutos a la Stupa, donde encontré dos cafés con wifi donde me trataban estupendamente; uno típico nepalí y otro muy occidental, repleto de extranjeros y monjes budistas. Ahí aprovechaba para contactar con familia y amigos, mandar fotos y “ofrecer” artesanía a mis amigas españolas (la maleta grande ya estaba vacía y disponible), y por supuesto, tomarme un café caliente. Que ya saben ustedes que, a pesar del calor, no perdono un cafecito.

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A la vuelta siempre llevaba algo a casa para Anita y el bebé de la casa, Babu, que a pesar de no tener aún ni 2 años, estaba más espabilado que los niños occidentales de 5. El primer día, sin niñas que nos tradujeran, fue el más difícil. Yo llevaba leche en polvo de España y al ofrecérsela el choque lingüistico fue inevitable. Al probarla el crío y relamerse no hubo más dudas… todos los días un vaso de leche con galletas o magdalenas, un “desayuno tardío de chicas” en toda regla… al que tras unos días también se sumarían las mayores, que venían del instituto.

Lo cierto es que hasta las 3.30 no llegaban las niñas del colegio y las voluntarias tenemos tiempo libre hasta entonces, pero salvo dos días que me fui de excursión, sobre la 1 ya estaba en la casa. Con un par de horas para pasear y usar wifi/café ya tenía suficiente. Anita tenía que hacer comida para todas y, al fin y al cabo, yo estaba allí para ayudar. Y tras ver lo que allí comían decidí ir al mercado a diario para variar un poco la dieta.

Plátanos, galletas, sandía y huevos son productos que a nosotros nos parecen comunes pero que allí son caros. Suelen comer carne (pollo) una vez a la semana y el resto verduras (apio, nabo,pimiento,judía), fruta, y arroz… Arroz durante todo el día. Es cierto que los vegetarianos tampoco toman carne, pero allí no tienen acceso a los sustitutivos de los que disponemos aquí. Apenas legumbres, huevos, …. así que mis visitas al mercado me hicieron conocer a la gente de allí sólo por gestos y sonrisas; una de las tenderas tenía un bebé recién nacido, y al ver que me gustaba, lo sacaba siempre de la trastienda para saludarle cuando volvía del colegio de las niñas… lo de entender cuántos kilos de patatas y zanahorias quería era más difícil. También otro tendero me tenía siempre preparadas las botellas de agua que cogía a diario.. era un barrio muy tranquilo donde todos se conocían.

Y tras la comida, tocaba hacer deberes, o la colada. A las niñas les sorprendía que lavara allí la ropa como ellas y no en una lavandería… ¡cómo iba a hacerlo mientras ellas frotaban!

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La foto que más le gusta del viaje a mi amiga Lidia… ¡Y tomando apuntes de las cosas que contaba!

Tras estudiar y cenar, las pequeñas veían un rato de televisión… televisión reparada en centenar de ocasiones, que sólo cogía un canal y cuyo enchufe había que sujetar con piedras para hacer conexión…. igualito que nuestras televisiones. ¿Y las mayores? Pues el primer día la mayor de todas se quedó a charlar conmigo porque estudiaba enfermería y quería saber multitud de cosas y del trabajo que realizo aquí. Y al día siguiente se sumaron dos más… hasta que fuimos 5. Todas las noches las mayores me pedían que les contara cosas de lo más diverso: la historia del cristianismo, las guerras santas, la historia de los Reyes Católicos, Egipto, el viaje a la luna, … aspectos externos a su cultura oriental que les llamaba la atención. Fue de las cosas que más me impresionaron de mi viaje, la curiosidad de las niñas. No preguntaban cómo vivía, supongo que imaginarían que sería como en películas, pero querían saber cómo la humanidad ha existido y evolucionado en otras partes del mundo. Afortunadamente, como ya sabrán, soy una apasionada de la Historia y pude hablarles de varios temas.

Aún recuerdo cuando me pidieron que les contase la Biblia. Mi respuesta fue: ¿toda entera? Aún sonrío al recordarlo.

¡Y hasta clases de vendajes!

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Y por si acaso están ya saturados, lo dejo aquí. Sólo les he contado cómo era un día normal allí y aún falta muchísimo que contar y enseñarles. Estén atentos.

 

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